
Erte tiene 17 años. Llegó a España procedente de China el 18 de diciembre y apenas lleva un par de semanas escolarizado. Cambio de país, de costumbres, de colegio, de amigos, de idioma... y, en definitiva, de vida. El primer día no hablaba una palabra de español. Hoy sabe decir su nombre y edad, y en unas semanas podrá relacionarse con compañeros y profesores.
Como él, decenas de alumnos llegan a las aulas asturianas a lo largo del curso sin conocer el idioma o ni siquiera el alfabeto. La ya de por sí difícil adaptación para un menor inmigrante se complica aún más si llegas de Bulgaria, Rumanía, Marruecos, Brasil o China. Para ellos, existe un programa de acogida que tiene su primera puerta en las Aulas de Inmersión Lingüística, un lugar de encuentro, un refugio para sobrevivir en un centro donde todo les es ajeno.
En Asturias, siete profesores atienden en tres aulas de Oviedo, Gijón y Avilés a estudiantes de la ESO de los institutos de su municipio. Aprenden no sólo las palabras básicas, sino también conceptos y costumbres. En el caso de los más pequeños, los alumnos de Primaria, la inmersión se realiza en su propio colegio y es el profesor –hay seis en este programa– el que se traslada al aula.
ESPAÑOL DE SUPERVIVIENCIA EN EL INSTITUTO // Erte va cada día al instituto La Magdalena, de Avilés, que acaba de estrenar este curso un Aula de Inmersión Lingüística. Carmela Greciet y Azucena Álvarez se ocupan de los ocho alumnos que tiene actualmente. Disponen de unas 20 horas semanales –el resto están en su propio instituto– durante tres meses para lograr que aprendan un español de supervivencia. Es una tarea casi milagrosa en tan poco tiempo, pero los avances de los chavales compensan los esfuerzos.
Cristi y Alys son dos miembros de una familia de siete hermanos. Hace seis meses que llegaron de Rumanía y ya se desenvuelven bien con el idioma. Una prueba es que Alys sacó un 10 en el último examen de Historia, en 4° de la ESO, y Cristi, a sus 13 años, un 8 en Ciencias Naturales. Kaio llegó hace 9 meses con su madre y hermana. Lo peor fue su primer día en tercero de la ESO en el IES de Salinas. «No sabía nada de español, no podía entenderme», cuenta este brasileño extrovertido que juega en el equipo de baloncesto del Castrillón y que quiere ser policía.
Su primer día es también el de muchos otros alumnos extranjeros. Las historias se repiten. La soledad, la falta de amigos, la añoranza de la familia, de la tierra, del clima, el desarraigo... Andressa lleva ya 11 meses en España pero no ha olvidado su primer día. «Me sentía sola; la gente era muy seria, me miraban y hablaban mal de mi». Ahora va un poco mejor, dice, quiere ser veterinaria y luego regresar a su país.
Elivelton cursa 3° de la ESO en el IES de Suanzes y lleva seis meses en Asturias. En su balanza, lo peor «es que no entendía nada y no tenía amigos», sólo a su hermana y a su madre. Ahora juega en el equipo de fútbol de Raíces y quiere quedarse en Asturias. Lo mismo le sucede a Pábila, una brasileña que estudia en el Carreño Miranda. Se debate entre estudiar Medicina, Derecho, o ser polícia –del FBI, aclara–. Lleva 8 meses aquí y lo que más echa de menos sigue siendo la familia y los amigos. También la comida, el sol, la fiesta... y en el caso de Cristi, la nieve de su país. Toca el eufonio, la flauta y el piano, pero no quiere ser músico, quiere regresar a Rumanía y tener una granja, comenta con voz muy dulce, con caballos y vacas.
¿QUÉ QUIERO SER? En Gijón, el Aula/de Inmersión Lingüística se encuentra en el IES Calderón de la Barca. Este es su tercer curso, así que Esther Fernández y Ana Roces, las profesoras, ya tienen experiencia. Reconocen que las tres horas diarias son escasas, pero «ellos aprenden de todos modos, y nosotros aprendemos muchísimo de ellos», dice Esther. En su aula tiene a Xao Xuang y a Chenyi, que aún no saben español porque llegaron hace poco de China. La primera tarea es familiarizarse con el alfabeto. Lei Xin Huang y Ying les echan una mano y hacen de traductores. Ying viene de Shanghai, habla inglés y quiere escribir, «ser periodista». Dice que lo que más le gusta son «las iglesias y la playa». Tiago Martins, un brasileño de Belo Horizonte, prefiere las discotecas, «porque las chicas son muy guapas». No descarta ser un nuevo Ronaldinho, aunque tampoco le importaría ser piloto de avión. Ibrahim, un senegalés de Dakar, piensa ser profesor de español o de francés y entre sus preferencias destaca los centros comerciales. Mohamed Sidahme es el veterano en el aula y también el más extrovertido. Procede del Sáhara y quiere ser policía. Todos coinciden con sus compañeros de Avilés en que lo más difícil fue comunicarse con los demás, pero incluyen algo más:. «Las calles son todas iguales, con pisos altos, es un lío». Muchos están aquí solo con uno de sus padres o con algún hermano y todos echan «muchísimo de menos» a su familia y a sus amigos.
El pasado año tenían algún alumno más, entre ellos dos chavales de Senegal que llegaron a España en patera. Forman parte del colectivo de menores no acompañados, que están tutelados por la administración regional. Uno ya tiene los papeles y otro ha seguido estudiando un módulo de FP, comentan las profesoras como ejemplo de que es posible la integración en todos los casos.
En Oviedo, hay varios menores no acompañados. Mohammed llegó en marzo del año pasado procedente de Tánger. «Vine solo», comenta escuetamente tras una sonrisa dulce y tímida, pero ahora «tengo muchos amigos». Estudia en el IES doctor Fleming y acude al Aula de Inmersión del IES Alfonso II pionero en este programa y con dos unidades. Mohammed tiene 15 años y cursa 3° de la ESO; hacía año y medio que no estaba escolarizado. Sus seis hermanos se quedaron en Marruecos, pero él afirma que quería venir a España. Fouad también es marroquí y llegó solo. Estudia en el colegio Santo Ángel y dice que de mayor quiere ser «electricista». ¿Lo que más le gusta de Asturias? «Que es más tranquilo», afirma.
Con Mohammed comparten aula en una pequeña dependencia del Alfonso II Ananias y Lays, de Brasil; Elza, de Bulgaria; Ionut y Vlad, de Rumanía; y Aicha, que llegó hace ocho meses de Marruecos y se desenvuelve perfectamente en español. Ionut cuenta que el primer día de instituto se equivocó de clase y entró en 2° y no en 3°. «Los niños me parecían pequeños», bromea ahora. Fue un mal trago. «Era peor de lo que me esperaba: no podía hablar, no podía hacer amigos».
LA SENSACIÓN DE SOLEDAD // Casi todos conocen esa sensación. Se entienden y se arropan. Aicha recuerda que se aburría mucho al principio. «No me gusta estar sola, no tenía amigas y no podía salir» . La clase va como la seda de la mano de Dolores Pevida. «Es un buen grupo», comenta. Y el buen ambiente se nota. A Ananias y a Lays no les costó tanto la adaptación. Lays ya tenía amigos en el instituto y lo que más le sorprendió fue «el silencio. No había nadie en los pasillos». Elza tiene 17 años, llegó hace cinco meses, y estudia en el IES de Pando. En Bulgaria cursaba bachillerato pero aquí ha tenido que incorporarse a 4° de la ESO.
Vlad también llegó a España hace casi medio año. Ahora estudia en el Loyola y lo que más le gusta es el campo y el fútbol. En Rumanía, afirma, «todos pasan de curso, aprueban». Y en Marruecos, apunta Aicha, «cuando faltas a clase no llaman a tus padres cada día».
En otra parte del instituto, se encuentra el aula de Paloma Castro y Conchita Francos. Sobre la mesa, unos callejeros por los que se mueven los dedos de los alumnos. Comienza Morshed. Nació en Bangladesh y lleva un mes en Asturias. Es sólo una parada en un largo periplo que le ha llevado por Malasia, India, Rusia, Polonia... Habla bengalí, hindi, ruso, polaco, inglés, y, ahora, un poco de español. Tiene ya experiencia en cambiar de ubicación y eso se nota. Lo que más echa de menos, dice, «son las estaciones de mi país». Quiere ser periodista y se interesa por los años de estudio.
Alexander habla ucraniano, ruso, un poco de inglés y empieza a defenderse con el español. Tiene 14 años y llegó de Ucrania hace dos meses, con su hermana Katia, de 12 años, que en un perfecto español relata sus preferencias: las montañas, los bosques y «los Reyes Magos». Comparten clase con tres rumanos: Elif –que tiene nacionalidad turca–, Marius y Rosana. Elif piensa convertirse algún día en policía, «para perseguir a los que hacen mal», Alexander y Marius quieren ser futbolistas y Rosana, con 12 años, se desmarca y asegura que quiere cultivar plantas en el campo
Casi todos echan de menos la gastronomía de su país y no les gusta demasiado la comida regional, salvo la sidra o «les fabes y la tortilla». Y este año, muchos han comido por primera vez las uvas de Nochevieja.
A los tres meses, en la mayoría de los casos, finaliza la labor en el Aula de Inmersión, pero no el plan de acogida. Ana Turiel, responsable de estos programas en la Consejería de Educación, explica que en los centros de origen se sigue necesitando un refuerzo del español. Y aquí entran las tutorías y el Aula de Acogida. Los tutores hacen las tareas de contacto con las familias, atención y seguimiento del alumno, y fomentan sobre todo la convivencia intercultural –con los escolares inmigrantes pero también con los locales–. Es una figura presente en 63 centros.
El Aula de Acogida es más un concepto que un espacio físico. Implica la organización del profesorado de un centro. Actualmente hay una treintena en toda Asturias y están abiertas a alumnos de habla no hispana y a latinoamericanos. Ayudan al escolar que ya sabe algo de español a que pueda seguir las clases ordinarias, reforzarle en su currículo. No es lo mismo aprender nociones básicas de un idioma, que estudiar Matemáticas o Ciencias Sociales, por ejemplo, las asignaturas más difíciles para los alumnos extranjeros. También ofrecen refuerzos a los alumnos latinos.
Todo este engranaje no sería posible sin un profesorado motivado, que hace las veces de maestro, compañero, psicólogo... La tarea es compleja. El alumno que llega no sabe nada de español ni de inglés o francés. Entonces se recurre a las imágenes visuales. Los gestos también son importantes, pero delicados: no todo significa lo mismo en las distintas culturas. Es mucho trabajo, pero muy gratificante, coinciden las profesoras. La recompensa, añaden, «son ellos: los alumnos».



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